El Venerable Maestro Samael Aun Weor.

 

samael07-001“V.M. Samael es el nombre de mi Mónada. Estoy aquí con la humanidad desde que rayara la Aurora después de la noche profunda del gran Pralaya. Yo vi hundirse la Lemuria a través de diez mil años entre el Océano Pacífico. Conocí a la Atlántida y viví con este mismo cuerpo lemur. Vi hundirse la Atlántida y acompañe al Manú Vaivasvata en su éxodo rumbo a la meseta central del Asia. Yo conservaba el mismo cuerpo.

En el corazón mismo de los Himalayas, a un lado del Tíbet, existió un reino maravilloso hace ya cerca de un millón de años. Yo viví en ese país;  entonces ingresé con mucha humildad a la Orden Sagrada del Tíbet y me convertí en un auténtico Lama. Desgraciadamente cometí ciertos errores demasiado graves queriendo ayudar con la Clave Sagrada IT a la reina de mi país. Debido a eso fui expulsado de la Venerada Orden y continué metido dentro del Samsara. Ya caído me quitaron aquel cuerpo espléndido de la Lemuria inmortal.

Retornar al vetusto monasterio tibetano fue siempre mi mejor anhelo. Dicen los viejos sabios del Oriente que siete son las pruebas básicas, fundamentales, indispensables para la recepción iniciática en la Orden Sagrada del Tíbet.

Yo estuve en las luchas, supe de pruebas, golpeé como otros en la puerta del templo. Una Dama-Adepto, después de tantas y tantas pruebas espantosas y terribles en gran manera, me enseño siniestramente la descarnada y horrible figura de la Muerte; huesuda calavera entre sus dos canillas cruzadas.

Yo estoy trabajando por la humanidad doliente... Pagaré todo lo que debo sacrificándome por la Gran Huérfana... Tened compasión por mí. – Si tú hubieras estado preparado morirías en presencia de esta figura. –  Esta fue la respuesta y luego vino un silencio aterrador.

Con el traje de verdugo ritual, avanzó resueltamente hacia mí con el látigo sagrado empuñado en su derecha. De inmediato comprendí que debía pasar por la flagelación evangélica. Caminé rumbo al interior del templo, despacito... a lo largo de aquel patio vetusto rodeado de murallas arcaicas. ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere!, exclamó la Dama a tiempo que me azotaba en verdad con el látigo sagrado.

Jamás he podido olvidar este evento cósmico ocurrido en el corazón de los Himalayas. Hoy estoy muerto, trabajé intensamente con ayuda de mi Serpiente Sagrada, los demonios rojos han sido derrotados. Entre mi Madre y yo compartimos el duro trabajo; yo comprendía y ella eliminaba.

La noche que regresé a la Orden Sagrada del Tíbet, fui feliz. Para el retorno no hay fiestas; así está escrito y eso lo saben los divinos y los humanos. Sencillamente y sin ostentación alguna volví a ocupar mi puesto dentro de la Orden y continué con el trabajo que otrora había abandonado cuando me alejé del camino recto.

Dicen antiguas tradiciones arcaicas que se pierden en la noche aterradora de todas las edades, que esta Venerada Institución se compone de 201 miembros; la plana mayor esta formada por 72 Brahamanes. Son los únicos capaces de darnos la clave real del Arcano A.Z.F., gracias al conocimiento de la lengua atlante primitiva, Watan, raíz fundamental del sánscrito, el hebreo y el chino.

La Orden Sagrada del Tíbet antiquísima, es ciertamente la genuina depositaria del real Tesoro del Aryabarta. Esos místicos saben de los tormentos de las razas ya vencidas, que vivieron y murieron a la sombra de su mole colosal. Ellos saben de los vuelos de las águilas y del rayo que las marca con su rúbrica de fuego. En los flancos de sus montañas rueda el trueno de los broncos vendavales, y en sus templos sepulcrales se hunden cósmicas señales que tienen sabor de eternidad.

Mas ¡Oh Dios mío!, recordad querido lector que no hay rosas sin espinas, tú lo sabes. Afortunadamente el monasterio de la Orden Sagrada del Tíbet está muy bien protegido dentro de la cuarta dimensión. Escrito está en el fondo de los siglos y con caracteres de fuego, que Bagavan Aclaiva es el regente secreto de la misteriosa Orden...”

 

 

 

 

(Información actualizada 2008+0813.)